Durante más de dos siglos la vacunación convencional nos ha ayudado a alcanzar nuestro estado actual de salud pública, pero desafortunadamente no se han cubierto todas nuestras expectativas para dotarnos de vacunas efectivas contra la mayoría de los patógenos. Una vacuna con éxito puede demorarse entre 5 y 15 años. Primero hay que aislar y cultivar el patógeno en un laboratorio, algo que no siempre es posible, para posteriormente estudiar sus componentes, seleccionar los posibles antígenos, clonarlos, amplificarlos, probarlos en animales y, finalmente, en humanos.
La respuesta a las limitaciones del método convencional la hemos encontrado en la vacunología inversa, una tecnología que en el futuro será indispensable para prevenir las enfermedades infecciosas. Esta técnica consiste en recopilar la información del genoma del microorganismo que causa la enfermedad y, mediante la aplicación de algoritmos bioinformáticos adecuados, reducir a la mitad el tiempo y el coste de desarrollo de estos fármacos. De hecho, en muchas ocasiones ha servido para descubrir variantes genéticas de los microorganismos patógenos que no se habían tenido en cuenta hasta ahora y que hacían que una vacuna convencional no fuese plenamente eficaz.
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