En un post anterior hablábamos de la búsqueda de la eterna juventud, esa obsesión humana por perpetuarse y vivir (casi) eternamente. La culpa de nuestra mortalidad la encontrábamos en los telómeros, secuencias repetitivas de ADN no codificante que formaban parte del final de cada cromosoma, al que protegían de cualquier daño.
Recordemos que los telómeros se iban acortando en cada división celular, hasta que su longitud era tan reducida que la célula ya no podía dividirse, por lo que el denominado reloj celular comenzaba su particular cuenta atrás. Pero todo esto que sucedía en todas las células sanas tenía una excepción: las células cancerosas, que sí seguían dividiéndose, buscando su particular perpetuación en un intento desesperado de supervivencia.
La telomerasa permisiva
Si revisamos nuevamente las declaraciones de María Blasco, doctora en Biología Molecular, Bioquímica y directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), reconocemos a la propia telomerasa como origen “donde se encuentran los mecanismos que hacen que una célula mortal se convierta en célula inmortal”.
Su división indefinida permite el crecimiento del tumor, mientras la célula mortal no crece de esa misma manera, lo que, según Blanco, “le confiere la capacidad de multiplicarse indefinidamente y traspasar los límites normales de vida celular”. Haciendo un recordatorio, decíamos que así como las células madre juveniles usan la telomerasa para compensar la pérdida de longitud de los telómeros, que actúan como un amortiguador que protege las regiones internas del cromosoma que contiene los genes, con el paso del tiempo una célula normal se divide va perdiendo fragmentos de los telómeros, lo que provoca una disminución progresiva de funcionalidad y en última instancia la muerte.
El acortamiento de los telómeros se ha relacionado con el envejecimiento celular. Sin embargo, las células tumorales escapan al destino de tener los telómeros cada vez más cortos aumentando los niveles de telomerasa. Sin embargo y para no darle un carácter definitivamente inmortal a las células cancerígenas, María Blasco puntualiza: “El aumento de la telomerasa en las células no sanas ocurre en más del 95% de todos los tipos de tumores humanos, lo cual es una clara indicación de que es algo esencial para que el tumor crezca. De hecho, ya se ha demostrado que células tumorales cultivadas en el laboratorio a las que se les quita la telomerasa mueren rápidamente debido a un agotamiento de sus telomeros”.
Y aquí llega la gran pregunta
¿Si intentamos prolongar la vida de los telómeros a través de terapia génica estamos provocando la aparición del cáncer o el riesgo de padecerlo en un futuro? La telomerasa siempre ha sido vista como un arma de doble filo: al reparar los telómeros evita una de las causas del envejecimiento y de todo un conjunto de enfermedades, pero también podría favorecer la división incontrolada de tumores incipientes, y provocar así un cáncer.

En 2012 un estudio publicado en la revista PLoS Genetics con la participación de Miguel Ángel Muñoz y Paula Martínez, del Grupo de Telómeros y Telomerasa del CNIO liderado por la propia María Blasco, demostraron que la terapia génica con telomerasa que habían desarrollado, y que se había mostrado eficaz en ratones contra enfermedades causadas por el acortamiento excesivo de los telómeros y también contra el envejecimiento, no provocaba cáncer ni aumentaba el riesgo de padecerlo.
La clave: el killer experiment
La estrategia consistía en una terapia génica que reactivaba el gen de la telomerasa solo durante algunas divisiones celulares, usando los llamados vectores adenoasociados. La enzima ejercía así su función reparadora únicamente durante un tiempo limitado y, de este modo, los riesgos asociados la activación de la telomerasa en todo el organismo se minimizaban.
Según Blasco, «son buenas noticias, ya que sugieren que la terapia génica con telomerasa es segura, incluso en un contexto de mayor riesgo de desarrollar cáncer. En nuestros trabajos ya veíamos que esta terapia génica no aumenta el riesgo de cáncer, pero queríamos hacer lo que se llama un ‘killer experiment’, un experimento que crea las peores condiciones para que tu hipótesis se cumpla; si aun así sobrevive, la hipótesis es realmente sólida. Por eso escogimos para la terapia génica animales modelo: ratones. Estos desarrollan de manera espontánea un tipo de cáncer de pulmón muy similar al humano, que normalmente no aparece nunca en los ratones normales. No se nos ocurre otro experimento que pueda demostrar mejor la seguridad de esta terapia«.